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La sierra también es Los Pedroches


Entrada a un cortijo de la sierra y, al fondo, los olivos bajo la nieve.

En los últimos días, quizás porque el frío ambiental ha calentado los corazones, he recibido correos de dos amigos de Solienses que, casualmente, abordan apasionadamente el mismo tema. José me anunciaba la posibilidad de que próximamente se disuelva la asociación de vecinos, usuarios y amigos de la Sierra El Olivo, y me animaba a colaborar desde aquí, en la medida de nuestras modestas posibilidades, a la formación de una conciencia comarcal favorable a la creación en un futuro próximo de un centro de intrepretación de la Sierra, al igual que se prepara el de la dehesa o ya existen los de los Parques Naturales de nuestra provincia. Sobre este tema volveremos en unos días.

Poco después me llegó un mensaje de Pedro Torres, que resultó ser una queja amorosa por el estado de olvido en el que, en general, tenemos a la sierra (a lo que por aquí llamamos sierra, a esos montes poblados de olivos). Tuve que reconocer que yo mismo soy un gran desconocedor de ella y que, de momento, todas las emociones se las lleva el encinar. Pero las palabras de Pedro me hicieron comprender que, efectivamente, el olivar también forma parte de la historia de la comarca y ha dado lugar a una riquísima cultura que está lamentablemente desapareciendo, por lo que le pedí permiso para reproducir algunos de sus párrafos, con el convencimiento de que yo no sabría explicar mejor su reivindicación. Decía así:
Ciertamente, la dehesa nos identifica y nos define. Conforma un ecosistema único por su densidad y extensión y podría albergar aquello tan traído y llevado del crecimiento sostenible. Por su parte, el olivar -a excepción de ciertos matices endémicos- es un cultivo prácticamente universal en el ámbito mediterráneo. Y todo lo que doy por consabido gracias a los conceptos que culturalmente nos conforman como solienses. Pero, no sé. Es como si el olivar quedara excluído de ese conjunto de universales culturales que nos identifican.

Se podría incluso pensar en una extrapolación de lo que el aislamiento y la dificultad de acceso suponen para Los Pedroches respecto al resto de la geografia. Así podríamos continuar con que esos mismos factores determinan lo que estoy tratando de manifestarte.

Y sin embargo, paradójicamente, he podido comprobar que hay mucha más vida en el olivar, -en la sierra como decís los solienses occidentales- que en la dehesa. Los cortijos están casi todos en perfectas condiciones, cuidados y mucho más habitables que los que se dan en la dehesa. Para dolor de quienes conocimos tiempos mejores entre las encinas, demasiado frecuentemente de aquellas edificaciones sólo quedan muros, tejados derrumbados, caballetes quebrados, puertas arriatadas con alambres, portillos en las paredes de piedra... aquel viento derruido que comentara López Andrada. Incluso él mismo habla de la vida rural como algo muerto del pasado y no te puedes hacer una idea de lo muchísimo que me ha sorprendido lo viva que se mantiene la vida -esta redundancia es intencionada- en los olivos. Allí he encontrado aquello de la vecindad, la hospitalidad, el "que la verea no críe hierba" del trasiego entre las casas de los linderos. Estoy conociendo a personas que viven permanentemente en el campo como primera residencia y que cuando buenamente quieren van al pueblo a trapichear, comerciar, negociar o simplemente a cambiar de aires.

No quisiera extenderme más -que ya va bien el tema- pero tampoco quiero obviar los valores ecológicos de la zona, la riqueza faunística -lamentablemente tenida en cuenta exclusivamente por el valor cinegético- y los endemismos botánicos que se dan en las inmediaciones del Cuzna.

No se trata ahora de crear rivalidades entre sierra y dehesa, sino de comprender que ambos ecosistemas y las manifestaciones materiales y culturales de ellos derivadas han contribuido a la formación de la personalidad actual de la comarca. Es un tema de mucho interés sobre el que habremos de volver con frecuencia.

De momento nos quedamos con estas fotografías, que también me envía Pedro en nombre de José Domingo, su autor. Nos ofrecen un paisaje absolutamente desconocido hasta ahora: los olivares bajo la nieve de estos días pasados. Describir su belleza resultará inútil: basta mirarlas y disfrutar.

(Pinchando sobre cada una se abrirá otra ventana con la imagen a mayor tamaño. Si dejáis el ratón sobre la imagen aparece un rótulo con su explicación)


La sierra, nevadaVista panorámica del Olivar desde La Chimorra
Olivos jóvenes cargados de nieveJara
MontePino

(Fotos: José Domingo Ropero)

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