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El halcón, la columna y todo un pueblo


Boda de don Alfonso de Sotomayor y Elvira de Stúñiga.

La circunstancia poco afortunada de asistir hace cuatro años a la primera representación de El halcón y la columna en Belalcázar desde la fila más alta del graderío me proporcionó el raro gusto de cotemplar en su perfección el vuelo dulce del halcón, que de las manos de Paniagua allá en la lejanía vino a posarse suavemente muy cerca de donde me hallaba. Anoche, en cambio, desde la primera fila, al pie del escenario, colmé el placer inmenso que proporciona sentirte salpicado por la emoción que despierta un personaje, por la sensibilidad exquisita que transmite un actor, cuando logra el prodigio del engaño perfecto y te hace olvidar que lo que contemplas es mentira, es ficción, es teatro. El mérito le corresponde a Loles Moreno Gómez, que en su encarnación de Doña Elvira de Stúñiga logró a mi parecer anoche la interpretación más destacada de la representación, durante la escena en que su hijo le comunica la intención de tomar los hábitos. Fueron acaso unos segundos: de esos que engrandecen toda una actuación.


Doña Elvira de Stúñiga (Loles Moreno) y el alcalde (José Soto).

El halcón y la columna no es una obra de teatro, sino tres, que podrían representarse individualmente y que unidas adquieren una justa coherencia. La historia de los dos primeros Señores de Gahete (don Gutierre y don Alfonso de Sotomayor) constituye una reflexión sobre el poder, la ambición, la soberbia y la violencia, con su venganza inexorable. La tercera parte, en cambio, centrada en Elvira de Stúñiga, esposa de don Alfonso, conforma el contrapunto de la templanza, con personajes menos dibujados, más obligados a justificar la historia y culpables todos ellos de que la obra representada no derive definitivamente en tragedia, condición a la que parecía abocada desde que, a la par de los dobles de campanas que anuncian la muerte del maestre de Alcántara, un coro de mancebas enmascaradas predicen las desgracias de un futuro sin tirano.

En la representación intervienen 93 actores y actrices no profesionales, absolutamente entregados a su labor colectiva de sacar adelante tan hermosa iniciativa comunal. Un extraño uso de la luz que impide ver la expresión de los actores en muchas ocasiones, algunas escenas que se desarrollan de espaldas al espectador y una utilización de la ambientación musical excesivamente cinematográfica ni siquiera consiguen enturbiar un trabajo global que no puede calificarse más que de sobresaliente. El patio de la huerta del Convento de Santa Clara, escenario donde se desarrolla la representación, se vuelve un personaje más de la obra, que gira en torno a él en buena parte. Y cuando todo acaba y el público abandona el lugar entre hachones encendidos, aún perdura en la retina el vuelo del halcón, las mancebas del piso superior asustando con sus desgarrados lamentos oscuros y el desconsuelo fatal de Doña Elvira que, abandonada por sus hijos, muere sola, como ha vivido. Pero, sobre todo, en la calurosa noche estrellada belalcazareña, lo que especialmente conmueve es este singular esfuerzo colectivo de todo un pueblo capaz de haber creado en tan poco tiempo una tradición con visos esperanzadores de firme arraigo popular.


Cola María Bazurto (Jorge López de Medina) regresa del otro mundo para ajustar sus cuentas.


Don Gutierre de Sotomayor (Andrés Murillo) habla con el maestre de Alcántara (Manuel Rodríguez).


En la galería superior actúa el coro de mancebas.


Don Alfonso de Sotomayor (Francisco Quintana) sometiendo al pueblo.


Gutierre (Francisco Herrera) lee su nombramiento como conde de Belalcázar.


Javier Ossorio, director de la obra (izquierda), junto con uno de los actores, al término de la representación.

[Este artículo se publicó originalmente en el blog "Cerro del cuerno"]

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