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Fue el destino o la catarsis en diferido

La catarsis aristotélica implica una purificación emocional y la freudiana supone la liberación de recuerdos reprimidos y todo ello vivieron los ciudadanos de Pozoblanco anoche en El Silo con respecto a uno de los episodios más crudos de la leyenda negra de su localidad. Han debido esperar, sí, treinta y dos años, pero anoche Los Mejía liberaron finalmente a los pozalbenses de la culpa que arrastran desde que un astado hiriera de muerte al torero Paquirri en la plaza de toros de Los Llanos. La culpa no fue de Pozoblanco, ni de la enfermería, ni de la ambulancia, viene a ser la lección moral de toda la obra. Fue el destino. El culpable fue el destino. El destino, con su carga trágica de fatalidad ineludible, como canta el torero cuando ya todo ha ocurrido para recibir, a cambio, la ovación más profunda y sentida de la noche. El pueblo de Pozoblanco se reconoce en aquel cantar, lo acoge con el asombro de quien lleva años esperando esta redención y sale de él renovado al fin y libre de pecado.


Los Mejía caracterizados como toros, durante la representación de anoche.
[Foto: @teatroelsilo]


“Avispao” es una farsa moteada de ligeros componentes trágicos, con profunda vocación de musical y chispeantes diálogos clásicos de comedia de enredo. Los seis toros de la fatídica tarde del 26 de septiembre aguardan la hora de la corrida, instruyendo mientras tanto al que habría de ser principal protagonista, un cuatreño que ha vivido siempre bajo las faldas de su madre y desconoce el significado de lo que es una lidia. El conjunto es una suma de episodios muy variados, al modo en que Los Mejía han forjado hasta ahora su carrera, con la novedad de su carácter temático. Y es una obra escrita e interpretada específicamente para Pozoblanco, donde únicamente se podrán entender cabalmente genialidades como el capítulo titulado “Godofredo”, un aleluya en negro, sin actores ni escenario, que consigue definir con precisión de cirujano el carácter de los dos personajes en apenas cuatro frases de un diálogo realmente descacharrante.

Hay mucho de chirigota carnavalera y, por tanto, de mofa velada tanto sobre asuntos locales (las campañas publicitarias del Ayuntamiento) como sobre iconos populares (la conversación inicial del torero con la Pantoja es también de antología). La fábula cumple su función gracias a unos actores que nos conquistan y nos enamoran en cada una de sus intervenciones, tanto disfrazados de toro como de vaca. La inocencia e ingenuidad de Avispado, ajeno a su destino, parece a veces querer dibujarlo como héroe trágico, pero finalmente vence la sátira con intención burlesca y las risas son constantes entre el público durante toda la representación. La risa como terapia. El poder catártico de la risa colectiva. No fuimos nosotros. Fue el destino. Como quien se esconde tras un matojo de hierba para que la vida no sea tan cruel.

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