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El éxtasis dadá

Fernando González Viñas & José Lázaro. El Ángel Dadá. Venturas y desventuras de Emmy Ball-Hennings, creadora del Cabaret Voltaire. Editorial El Paseo. 2017. 231 páginas.


Cuando el lector cierra la última página de El Ángel Dadá es como si se hubiera puesto un chute de morfina. Durante doscientas treinta páginas una tal Emmy recorre dando trompicones los núcleos capitales de la cultura de vanguardia europea de principios del siglo XX y sus compañeros de infortunio y malandanza resultan ser unos tipos llamados Tristan Tzara, Marinetti, Kandinsky, Herman Hesse, todos así, y hasta un Vladimir Ilich Ulianov, Lenin para sus enemigos, que andaba ya dictando a quien quisiera escucharle la llegada de una nueva era.

La Emmy prostituta y poeta, cabaretera y actriz, se ve arrastrada de un lugar a otro conducida por los azares de una vida inconformista y caprichosa, frívola e inestable, sin pizca de premeditación. Que en este vagabundeo arbitrario por la centroeuropa del expresionismo, el surrealismo y el dadaísmo se convirtiera en la musa de tantos artistas de renombre no obedece más que a las causas infundadas e injustificables que conforman los manifiestaos de estos movimientos de vanguardia tan sesudamente analizados hoy en los tratados académicos y que tan azarosos parecen en sus verdaderos orígenes, ajenos a cualquier intento de sistematización artística o racionalización crítica. En el Cabaret Voltaire de Zurich, aquella covacha de anarquistas, entraron una noche de 1916 un grupo de rusos con sus balalaicas y mientras Emmy cantaba la "Danza de los muertos" las balalaicas apuntaban, dice, como el cañón Berta que ya escupía plomo y muerte desde Alemania hasta Inglaterra. Luego, vestido con un traje confeccionado por Marcel Janco, como un obispo dadá, Hugo Ball recitó en trance artístico, al estilo de la liturgia cristiana, uno de sus delirantes poemas fonéticos: "Jolifanto bambla ô falli/ bambla grossiga m'pfa...". Ninguna noche hubo allí una cámara de fotos para inmortalizar tales momentos cruciales de la cultura esencial de aquella Europa que caminaba a paso firme hacia el desastre.

La tal Emmy que protagoniza este libro es Emmy Ball-Hennings, pero no busquen su nombre en los tratados de arte ni en los manuales de literatura. Como todas las mujeres artistas de aquel tiempo, no existen oficialmente, habiendo vivido al lado de hombres como ellas, habiendo publicado sus libros en las mismas imprentas y actuado en los mismos burdeles o teatros. Recuperar el nombre y la figura de esta escritora de vanguardia es lo que ha llevado al villaduqueño Fernando González Viñas (texto) y José Lázaro (dibujos) a crear esta novela gráfica en un blanco y negro evocador del expresionismo cinematográfico alemán. La obra es una biografía visual trepidante, la de una mujer vapuleada por el arte que amó y los hombres que la amaron. Es un libro para acercarse de puntillas a un movimiento artístico que hoy desconcierta y que nos hace revivir entre humos opiáceos los delirios creativos de un momento irrepetible. Aclarar que para enfrentarse a los versos futuristas de Mayakovski se requiere previamente una mínima preparación mental parece una obviedad. También El Ángel Dadá exige una predisposición y entrega de alcance. Cravan se bajó la bragueta para mostrar a la burguesía el auténtico arte desnudo y Duchamp expuso en Nueva York un urinario. El contexto cultural de este libro produce vértigo y para abordarlo cabalmente se necesita algún tipo de ayuda alucinógena, o más de uno.

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