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Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra


El práctico picando a un disciplinante, el pasado jueves.

A veces se corre el riesgo de aproximarnos al análisis de ciertas tradiciones populares desde la frivolidad o la ligereza que nos concede la distancia que nos separa de ellas. Especialmente cuando, como en el caso de Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra (La Rioja), el rito contiene elementos esenciales que nos provocan cierta repulsión observados desde la sensibilidad aséptica y descomprometida de la sociedad contemporánea. La violencia implícita en la celebración, que no es aquí solo de carácter simbólico, sino real, produce un rechazo inicial que nos impedirá comprender cabalmente los contenidos profundos de la vivencia si no somos capaces de traspasar el escalón abismal que separa el pasado del presente en la configuración de las mentalidades sociales.


VÍDEO: Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra (Jueves Santo 2015).

Los Picaos constituye una manifestación religiosa ligada a la Cofradía de la Santa Veracruz de San Vicente, la única supervivencia en España de las antiguas flagelaciones públicas forzadas por la regla de la hermandad. Los disciplinantes de esta localidad riojana, acompañados siempre por un hermano de la cofradía, que les servirá de "guía, ayuda, consejo y protección", afrontan este castigo como un acto de penitencia y entrega espiritual solo comprendido desde la fe. Vestidos con el hábito blanco, acuden a la procesión, se arrodillan ante el paso al que se haya hecho la ofrenda, rezan una oración y, al ponerse en pie, el acompañante les retira la capa de los hombros y les abre la abertura de la espalda. El disciplinante coge la madeja de algodón por la empuñadura con las dos manos y, balanceándola entre las piernas, se golpea la espalda por encima del hombro alternativamente, a izquierda y derecha, durante un tiempo variable en torno a 20 minutos y entre 800 y 1.000 golpes, hasta que el acompañante y el práctico decidan cuándo es el momento de ser pinchado. Llegado este momento, se inclina y coloca la cabeza entre las piernas del práctico, que le golpeará levemente tres veces cada lado de la espalda, en la zona lumbar, con unos cristales insertos en una bola de cera, para que broten unas gotas de sangre que evite molestias posteriores. Finalizada la penitencia, disciplinante y acompañante vuelven a la sede de la cofradía donde el practicante le lavará y curará las pequeñas heridas con agua de romero.


Disciplinante en la procesión del Jueves Santo.

Uno, después de haber leído la estructura del ritual, se acerca a esta celebración con el escepticismo del pagano, pretendiendo asistir a un residuo bárbaro de esencialismo ancestral. Como en otras fiestas de carácter singular a las que hemos asistido, en los picaos de San Vicente conviven dos planos simbólicos totalmente irreconciliables: el de quienes participan en el rito desde la vivencia personal transmitida durante generaciones y el de quien se acerca como espectador de una representación contemplada con la indulgencia distante del que se siente superior. Como en otras celebraciones residuales que hemos compartido, el desarrollo de la procesión se convierte en un festival de flashes y carreras por tomar las mejores imágenes, todo lo cual descontextualiza severamente una tradición que hunde sus raíces en el siglo XVI e impide la más mínima integración del visitante en la fiesta.

El disciplinante desarrolla su flagelación aislado por el anacronismo de una decisión que no admite explicaciones racionales, las que exige angustiado el visitante, y se desliza por la pasarela del bullicio externo con la soledad interior del que tiene una misión que cumplir y la lleva a cabo, ajeno a cualquier entorno que distraiga y comprometido tan solo consigo mismo y su deseo de trascendencia. El dolor será siempre personal e intransferible, libre por tanto de recriminaciones morales, y no necesita de la aquiescencia del que observa y tal vez juzga, en su afán inútil por entender. Está un hombre desnudo frente a la inmensidad de su propio universo, que afronta un destino que no puede eludir y triunfa, y a su lado otro hombre desconcertado y ansioso, que solo quiere comprender y no puede.


Varios disciplinantes antes de comenzar su flagelación.

Serie: Fiestas populares españolas

1. El Corpus de Camuñas (Toledo).
2. La procesión de las capas pardas de Bercianos de Aliste (Zamora).
3. Los "empalaos" de Valverde de La Vera (Cáceres).
4. Los picaos de San Vicente de la Sonsierra (La Rioja).

4 comentarios :

Anónimo | martes, abril 07, 2015 9:47:00 a. m.

A estas alturas del siglo en que vivimos este ritual o costumbre por mucho arraigo que tenga en esa zona o pueblo no deja de ser algo desfasado y de ideas retrogradas.Yo no lo haria. ni lo quisiera para nadie de mis familiares y amigos. Aunque creo que a algunos politicos no les vendria mal unos azotes de flgelacion u unos pinchazos de esos, para que se le bajen los humos, no echen tantas mentiras y no usen tanta prepotencia.

Anónimo | martes, abril 07, 2015 10:45:00 a. m.

Estoy de acuerdo con el comentario anterior.
Tengo una duda , agradeceria alguien me aclarara.? Los cofrades, costaleros, braceros, mantillas a los cuales respeto profundamente. ? Cuanto dura ese sentimiento que tienen estos dias? ?Segun creo es un sentimiento muy fugaz? Gracias por aclararmelo.

Anónimo | martes, abril 07, 2015 1:03:00 p. m.

La gran mayoría de los sentimientos suelen durar desde la igualá hasta la comida de hermandad, más o menos...

Anónimo | martes, abril 07, 2015 7:47:00 p. m.

En España tenemos unas costumbres muy raras. Acaban de sancionar a una pensionista enferma, con minusvalia y con mas de 80 años porque la policia la ha acusado de saltarse un piquete y no se que cosas mas. El juez la condena a pagar 100 euros. Y no se les cae la cara de verguenza. Y esta democracía es mejor que la venezolana? Venga ya. No me estraña que la gente se autoflagele.

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